Tinto y diesel

Eran las fiestas del Pilar y decidí no volver a casa.  Necesitaba unos días sola, a mi aire, por fin.  La convivencia no estaba siendo fácil, y el puente se pasó volando.  Llegaría de madrugada y a la mañana siguiente los dos volveríamos a trabajar, yo a la oficina; él a la obra, y se repetirían las exigencias de información de lo que pasaba en los despachos, de ser atendido el primero, de que el trabajo doméstico estuviera hecho, ... y de que le hubiera comprado el Marca.

Hasta esa llamada de teléfono... -  Ha tenido un accidente. 

El tiempo se suspendió.  Inmediatamente tuve la sensación de que yo había tenido la culpa.  De que debería haber estado allí, acompañándole, y vigilando, cual analógico GPS, de cualquier circunstancia que pasara en la carretera.

- Pero, ¿cómo...? pregunté.

- Ha entrado a la bodega, a comprar vino, y al incorporarse a la carretera, un coche que salía de la curva le ha embestido por el lado del copiloto.-Dijo la voz al otro lado. No recuerdo quién me avisó.

- Mi asiento.- Pensé. Y se me hizo un nudo en el estómago.  De mis lagrimales empezó a brotar una fuente infinita.

- No te preocupes.  Tu padre está bien.  Es duro. Solo tiene contusiones y un golpe fuerte en el pecho.  Le ha salvado el coche, y las barras antideformación laterales que llevaba... si no...

Hacía un año que había comprado ese coche.  Menos mal. Le cambiaron toda la carrocería menos los bajos.  Cuando en el taller nos enseñaron la carrocería retirada, vimos como el morro del Ford Orión había dejado su huella, esculpiendo el vacío de un molde dónde hubiera debido estar el asiento del copiloto. Un llanto incontenible volvió a apoderarse de mí.

El Mercedes plateado que mi padre siempre había soñado  nunca dejó de esparcir un  mareante perfume mezcla de  vino tinto y gasoil.

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