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Septiembres

  Regué las plantas de la oficina antes cerrar la puerta el 13 de marzo de 2020, sin saber   que el mundo frenaba un poco. Seis meses después, el coleo no ha   sobrevivido.   El poto y la suculenta sí.   Alguien las ha regado.    Otro septiembre, 19 años atrás, un SMS me anunció el cambio de siglo. Regresé a Zaragoza el viernes 7, para hacer un   examen de inglés el día 11.   Era una buena excusa para pasar unos días en casa, así que estaba encantada de quedarme hasta el miércoles, aunque de antemano sabía que no aprobaría.    El salón de actos de la Escuela de Idiomas estaba abarrotado y en el descanso salimos en tromba al pasillo y encendimos nuestros móviles, esos en los que sólo se podía jugar a la Serpiente, y a los que aún no éramos adictos. El SMS decía: “Atentado contra las Torres Gemelas”. Pensé que era una broma, pero todas las conversaciones parecían girar en torno al mismo tema…   No me dio tiempo a pensar. ...

El pasillo

     Recuerdo, ­-como en una película en super8, colores sepia-, un pasillo verde y recto, interminable.   Al lado del taquillón con el espejo dorado, mi madre agachada me abrocha el abrigo verde musgo, que me abraza, igual que los dibujos de terciopelo del papel adamascado que tapiza las paredes como enredaderas geométricas, abrazan la casa.   Todo en ese pasillo es un bosque.   El perchero de patas de ciervo.   El biombo calado de madera que divide por la mitad el largo corredor.   Las puertas a la derecha,   como árboles que lo delimitan, la entrada a cuartos de otros colores, la cocina, blanca, territorio de comidas y tareas escolares; el baño, verde agua, y el cuarto de invitados, que pronto sería la habitación del abuelo.      Observo sin perder detalle como mamá le coloca a Pili su abrigo idéntico al mío, pero granate, más pequeño, y se lo abrocha también hasta el cuello, ­-porque ya es octubre, y hoy hace frío-, dice,...

Tormenta infinita

El viento silbaba y golpeaba el cristal de las ventanas.    Las paredes crujían.    La casa se quejaba de la lluvia constante con ventanas que se abrían y cerraban produciendo un estrepitoso estruendo de cristales rotos.    Para aplacar el temporal, nubes negras y espesas descargaban desde hace días todo su contenido.    Las calles se habían convertido en ríos turbulentos de agua achocolatada que arrasaban a su paso con los árboles de las aceras y de las plazas, los bancos del parque, los coches aparcados y con cualquier objeto susceptible de convertirse en una cáscara de nuez a la deriva, sin capitán que manejara el timón.    Mientras, los humanos contemplábamos atónitos desde las atalayas de nuestras de nuestras viviendas el fin del mundo. Descorrí la cortina y me asomé.    La tormenta duraba ya cuarenta días.    No había habido tregua en todo ese tiempo.    El decreto de alarma por situación catastrófi...

Invisible(s)

Los seres que habitamos este mundo casi siempre somos invisibles.   A mí me gusta.  Cuando me levanto por la mañana  nadie sabe qué cara tengo.  Hasta que no me tomo un café no soy persona. Y después, tampoco del todo, pero ya cuento con el disfraz y las armas perfectas para afrontar el día; el usuario y contraseña de mi ordenador. Solo escribo las palabras, pero la persona que habla nunca tiene mi voz.  En mi empresa a muchos nos pasa lo mismo, escribimos lo que firman otros, y ellos le ponen la cara a la organización. También conozco gente que se esconde tras de un uniforme, una barba, un flequillo o unas gafas de sol que ocultan la mirada. Una altivez pretendida que en realidad es una coraza.  La sonrisa de alguno es tan escasa, tan cara de ver, que cotiza en bolsa. Sin embargo, disfruto más la invisibilidad  cuando las pantallas y las contraseñas  duermen en la ciudad. Entonces me escapo hasta donde el horizonte se c...

El diario del hombre araña

Dia 1. La lechera frena. Se escucha un chirrido de puerta metálica y el cri cri de los grillos en el secarral. Pasamos otra verja.   Desde la ventanilla leo en   un muro de ladrillo: “Centro penitenciario Madrid I” , en letras mayúsculas atornilladas a la pared. Me han traído aquí porque esta cárcel es para jóvenes. - Para que no me institucionalice , dice el juez. No se qué quiere decir, pero vaya puta mierda, mi madre y mi novia, la Rosa, van a tenerse que hacerse 300 km en el bus para venir, así que me voy a comer los mocos, fijo que no vienen. El segurata de la garita que levanta la barrera y nos deja pasar saluda con la cabeza al madero que conduce.   A mí no. Soy invisible. Me quitan la cartera, mi ropa, y el móvil, me obligan a ducharme y   me cachean en bolas. -   Pero que voy a llevar, ¡que no llevo nada! ¿Qué creéis? ¿Que llevo droga en el culo? ¡Que estaba robando una tienda, ostia!-Me revuelvo. Me dan con una porra en los huevos. ...

El círculo se cierra

En las tardes de verano me sentaba en el umbral de la puerta de la casa a esperar su regreso.  Primero oía ladrar a Bruno, en la lejanía, luego escuchaba a las ovejas balar, anunciadoras de que el rebaño pronto asomaría por la cuesta, con el perro alrededor, agrupándolas, y la silueta oscura del pastor, con su gorra calada.  Entonces, bajaba corriendo por la cuesta y les acompañaba a encerrar las ovejas en la paridera.  Al volver, la subida era empinada, las fachadas aún se vestían de piedra y las calles bullían de niños, balones y bicicletas.   El pastor, -mi abuelo Claudio- nunca había salido de la provincia, y no concebía otro lugar donde vivir que el pueblo que lo había visto nacer.   Ni siquiera había hecho el servicio militar, al ser descartado en el reconocimiento médico por una infección del oído mal curada que lo dejó sordo. Hoy, al regresar, los ojos se me empañan con el recuerdo de sus venas azules, ríos que regaban sus manos grandes de árbo...

Todo al 15 negro

Daniel Salvatierra entró en el salón de juego con paso decidido. Cambió el dinero por las fichas, y se dirigió atento a la mesa de la ruleta, sopesando la posibilidad de que esa fuera la última vez. La rueda de la fortuna le recibió con su baile circular, ajena a la veintena larga de ojos ávidos de que se parara en el sitio donde estaban depositadas sus ilusiones e indiferente a los negros pensamientos de Salvatierra.  La bola bailaba despreocupada, y acariciaba las casillas   en su coreografía, provocando suspiros, lamentos y risas en el público entregado. La croupier saludó a Daniel con una   leve inclinación de cabeza.   Todos en el casino le conocían, dejaba buenas propinas y era un jugador habitual, prudente, educado.   No levantaba sospechas, unas veces ganaba, otras no. Sin embargo, esa noche una niebla invisible flotaba en el ambiente.   Era su última noche en Francia, había liquidado su cuenta corriente, y llevaba en la billetera un chequ...