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El diario del hombre araña

Dia 1. La lechera frena. Se escucha un chirrido de puerta metálica y el cri cri de los grillos en el secarral. Pasamos otra verja.   Desde la ventanilla leo en   un muro de ladrillo: “Centro penitenciario Madrid I” , en letras mayúsculas atornilladas a la pared. Me han traído aquí porque esta cárcel es para jóvenes. - Para que no me institucionalice , dice el juez. No se qué quiere decir, pero vaya puta mierda, mi madre y mi novia, la Rosa, van a tenerse que hacerse 300 km en el bus para venir, así que me voy a comer los mocos, fijo que no vienen. El segurata de la garita que levanta la barrera y nos deja pasar saluda con la cabeza al madero que conduce.   A mí no. Soy invisible. Me quitan la cartera, mi ropa, y el móvil, me obligan a ducharme y   me cachean en bolas. -   Pero que voy a llevar, ¡que no llevo nada! ¿Qué creéis? ¿Que llevo droga en el culo? ¡Que estaba robando una tienda, ostia!-Me revuelvo. Me dan con una porra en los huevos. ...

El círculo se cierra

En las tardes de verano me sentaba en el umbral de la puerta de la casa a esperar su regreso.  Primero oía ladrar a Bruno, en la lejanía, luego escuchaba a las ovejas balar, anunciadoras de que el rebaño pronto asomaría por la cuesta, con el perro alrededor, agrupándolas, y la silueta oscura del pastor, con su gorra calada.  Entonces, bajaba corriendo por la cuesta y les acompañaba a encerrar las ovejas en la paridera.  Al volver, la subida era empinada, las fachadas aún se vestían de piedra y las calles bullían de niños, balones y bicicletas.   El pastor, -mi abuelo Claudio- nunca había salido de la provincia, y no concebía otro lugar donde vivir que el pueblo que lo había visto nacer.   Ni siquiera había hecho el servicio militar, al ser descartado en el reconocimiento médico por una infección del oído mal curada que lo dejó sordo. Hoy, al regresar, los ojos se me empañan con el recuerdo de sus venas azules, ríos que regaban sus manos grandes de árbo...

Todo al 15 negro

Daniel Salvatierra entró en el salón de juego con paso decidido. Cambió el dinero por las fichas, y se dirigió atento a la mesa de la ruleta, sopesando la posibilidad de que esa fuera la última vez. La rueda de la fortuna le recibió con su baile circular, ajena a la veintena larga de ojos ávidos de que se parara en el sitio donde estaban depositadas sus ilusiones e indiferente a los negros pensamientos de Salvatierra.  La bola bailaba despreocupada, y acariciaba las casillas   en su coreografía, provocando suspiros, lamentos y risas en el público entregado. La croupier saludó a Daniel con una   leve inclinación de cabeza.   Todos en el casino le conocían, dejaba buenas propinas y era un jugador habitual, prudente, educado.   No levantaba sospechas, unas veces ganaba, otras no. Sin embargo, esa noche una niebla invisible flotaba en el ambiente.   Era su última noche en Francia, había liquidado su cuenta corriente, y llevaba en la billetera un chequ...

¿La suerte está echada?

Por Eva Fernández y Jesús Añaños ¿LA SUERTE ESTÁ ECHADA? 22            de diciembre de 2019.   Pablo no podía creer su mala suerte.   Turno de 12 horas , de los que ya no hacen los veteranos.   − Un caso de extrema gravedad−le explica el Jefe de Urgencias− El médico titular no se atreve solo con la intervención.   Es un ictus fulminante y masivo. −Como el gordo de Navidad pero al revés−pensó Pablo. Y, como todo es susceptible de empeorar, al leer la ficha del paciente, toda su vida pasó por delante de sus ojos. Era Luis Dávila, su antiguo amigo primero, amante de su mujer después, y padrastro de sus hijos ahora… No se sentía capaz de afrontar algo así. Cuando salió del quirófano ya era 23 de diciembre.   Se quitó el gorro, la mascarilla y la bata y los arrojó con rabia a la papelera.   Le pidió al otro cirujano, Alberto, que fuera él el que le diera la noticia a la familia.   A su exmuje...

La exposición

Me despierto sobresaltada.   Está totalmente oscuro y no recuerdo nada de la noche anterior.   No es mi habitación, no es mi cama –compruebo- y hay alguien durmiendo plácidamente a mi lado pero no eres tú.    Millones de alfileres se clavan en mi cerebro cuando intento levantar la cabeza de la almohada.   Me duele todo el cuerpo como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima.   Vamos, que tengo una resaca de libro y una laguna sobre cualquier cosa que pasara ayer y sobre el desconocido con el que he compartido cama, y dios sabe que más… De repente el desconocido se gira y descubro que es Juan, que me abraza somnoliento, medio dormido, y me besa despacio, impregnándome de su olor a madera, a sudor y a mí, a nosotros. Que, de golpe, hace que vuelva a verme vestida y empapada, con mi vestido verde, en su piso, y recuerde… el pasado verano, la tórrida y triste despedida cuando le conté que dejaba Nueva York y volvía a Barcelona, la bronca poster...

EL HOMBRE ARAÑA

El Hombre Araña esperaba sentado en la fuente de mármol seca blanca que había dentro de la oficina. Le llamábamos así porque llevaba una telaraña tatuada en el cráneo rapado que le ocupaba media cabeza y le bajaba por el hombro derecho hasta la muñeca. A mí, en particular, me causaba miedo y fascinación a partes iguales.   Cuando llegaba, la sala de espera de la oficina del paro, normalmente bulliciosa, se volvía silenciosa de repente.   Venía a cobrar el subsidio de desempleo al que los presos tienen derecho si no tienen recursos económicos cuando salen de prisión.   Tenía pinta de líder. Como el Malamadre de Celda 211. Los demás presos venían en grupos, no se atrevían a venir solos, venían juntos como para protegerse de un papeleo que no entendían. Este no.   Alberto Jimenez Clavería, -alias Hombre araña- venía solo. Piernas abiertas, brazos cruzados.   Mirada desafiante. Su estrategia era alborotar, amedrentar al gallinero, para que le atendiéramo...